El manuscrito Voynich es un misterioso libro ilustrado, de contenidos desconocidos, escrito hace unos 500 años por un autor anónimo en un alfabeto no identificado y un idioma incomprensible.
El manuscrito ha sido objeto
de numerosos e intensos estudios por criptógrafos profesionales y
aficionados, incluyendo destacados especialistas de EEUU y Reino Unido. Ninguno consiguió descifrar una sola palabra. Esta sucesión de fracasos ha convertido al manuscrito en el SANTO GRIAL de la criptografia
histórica, pero a la vez ha alimentado la teoría de que el libro no es
más que un elaborado engaño, una secuencia de símbolos al azar sin
sentido alguno.
El nombre del manuscrito se debe al especialista en libros antiguos Wilfrid Voynich, quien lo adquirió en 1912. Actualmente está catalogado como el ítem MS 408 en la Biblioteca Beinecke de libros raros y manuscritos de la Universidad de Yale.-
El pergamino, la caligrafía y la historia conocida del manuscrito indicaban a Voynich que era de origen medieval, y la abundancia de especímenes vegetales sugería que podía tratarse de un herbario, un libro de texto mitad científico, mitad mágico, que describía las cualidades místicas y médicas de las plantas y su preparación. Pero esto era una simple conjetura, ya que estaba escrito en un lenguaje que Voynich no pudo identificar; aunque el texto podía ser descompuesto en «palabras», cuyas letras eran familiares a medias, no tenían sentido. Voynich sólo pudo suponer que estaban escritas en un idioma poco conocido, en un dialecto o en un código.
Las ilustraciones del texto
eran igualmente desconcertantes. Nada parecía tan sencillo como
identificar las plantas desde el punto de vista botánico, y servirse
luego de sus nombres para descifrar las leyendas; pero el problema era
que la mayor parte de plantas y arbustos eran inventados, y los nombres
de los que existían carecían de sentido desde el punto de vista
criptográfico. Los astrónomos creyeron reconocer cuerpos celestes, como
la estrella Aldebarán, la nebulosa de Andrómeda y el cúmulo estelar de
las Híades, pero después volvieron a perderse en un torbellino de
galaxias imaginarias. Especialistas en Bacon estudiaron el manuscrito,
buscando coincidencias, mientras un profesor de anatomía de Harvard
trataba de descifrar lo que le parecían diagramas fisiológicos; todo fue
inútil.
Pero
hubo un hombre para quien el manuscrito de Voynich se transformó en
obsesión. El profesor William Romaine Newbold, especialista en filosofía
e historia medieval de la Universidad de Pennsylvania. Lingüista y
criptógrafo –como Manly–, comenzó a trabajar en el texto en 1919. Su
sistema era muy complejo: comenzó por examinar el manuscrito con una
lupa y descubrió que existía un texto secundario microscópico dentro de
las letras; creyó que se trataba de una especie de taquigrafía.
Utilizando técnicas de desciframiento logró reducir esto a una clave de
17 letras romanas y con esto realizó seis «traducciones» diferentes,
cada una de las cuales conducía a la siguiente. Después hizo un
«anagrama» del sexto texto, con el que llegó al «texto» final –la
solución– en latín.
En
abril de 1921 convocó una reunión de la Sociedad Filosófica Americana
en Filadelfia y anunció sus conclusiones provisionales ante un público
asombrado, al que finalmente logró convencer. En su opinión, la obra era
de Roger Bacon, que la había puesto en clave para evitar que sus ideas
se calificaran de «novedosas». Se sabía que Bacon había sido el inventor
de la lupa y que había especulado con la posibilidad de construir
telescopios y microscopios mucho antes de su invención. Según el
profesor Newbold, el manuscrito Voynich demostraba que Bacon había
construido un microscopio y lo había usado para estudiar y describir
gametos, óvulos, espermatozoides y la vida orgánica en general. No sólo
eso, sino que había construido un poderoso telescopio reflectante, con
el que había estudiado sistemas estelares desconocidos en su tiempo.
El
profesor Newbold era hombre de sólida reputación, y sus descubrimientos
–aunque sensacionales– parecían posibles. Muy pocos de los académicos
que se reunieron para escucharle sabían algo de criptología, pero sus
«descubrimientos» parecían razonables. Un importante fisiólogo, por
ejemplo, consideraba que un dibujo y su leyenda describían las células
epiteliales y sus cilios (se trata de las células que recubren las
trompas de Falopio y los bronquios y que favorecen el paso de las
mucosidades y de los óvulos) ampliadas a 75 veces su tamaño. John Manly,
que ya había colgado su uniforme de mayor y había vuelto a su cátedra
de la Universidad de Chicago, prefirió no tomar partido, pero escribió
en la revista Harper's una reseña bastante favorable a Newbold.
Durante
cinco años, hasta su muerte en 1926, Newbold prosiguió su
criptoanálisis del manuscrito, en colaboración con su amigo y colega
Roland Grubb Kent; fue éste quien publicó los descubrimientos de Newbold
en 1928, con el título de The cipher of Roger Bacon (La clave de Roger
Bacon). Las reacciones de especialistas y curiosos no se hicieron
esperar.
Por
supuesto, John Manly seguía interesado por el asunto, y en cuanto se
publicó el libro quiso conocer el método de trabajo de Newbold y
comprobar sus resultados. Aunque admiraba a Newbold –a quien consideraba
una autoridad– lo que halló no le gustó nada, y después de discutir su
punto de vista con, entre otros, antiguos colegas del MI-8, publicó en
1931 un artículo en la revista Speculum: en él, mediante un análisis
cuidadosamente razonado, despojaba de todo valor los trabajos del
difunto profesor Newbold.
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